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Visitar la Plaza de España y el parque de María Luisa de Sevilla
Si a París le quedó su torre Eiffel tras la Exposición Universal de 1889, a Sevilla le ha pasado otro tanto con la Plaza de España construida con motivo de la Exposición Iberoamericana de 1929. Sin abandonar el mencionado complejo se puede recorrer todo el mapa español en tan sólo 50.000 metros cuadrados a través de los preciosos azulejos trianeros y sus hornacinas dedicadas a las provincias. Desde luego, el espacio, que simboliza el abrazo de España, se ha ganado su rincón entre las filas del celuloide, puesto que ha prestado su particular palmito en películas como Lawrence de Arabia (1962) o una de las entregas de la saga de La Guerra de las Galaxias donde la plaza encarnaba el idílico planeta Naboo. Después del encuentro con esta diva del cine, el viajero puede perderse por la frondosidad del Parque de María Luisa; una estupenda beldad que lleva luciendo su sonrisa desde 1849.
Plaza de España Debe sus días al arquitecto sevillano Aníbal González y supuso un ambicioso proyecto que afanó a más de mil operarios. Alrededor de la plaza corre un río, cuyas aguas salvan cuatro puentes que aluden a los cuatro antiguos reinos que integraban España. Recorrer este monumento entraña una lección de geografía gracias a sus cerámicas sabelotodo acerca de la idiosincrasia y cultura de las comunidades y provincias del país. Por cierto, una mano de “restauración” y un presupuesto millonario han sacado brillo al esplendor de la plaza recientemente, incluso se prevé incorporar una estatua en honor al hacedor de la maravilla, Aníbal González.
Además, se han agregado farolas cerámicas, bancos y balaustradas que se contemplaban en el proyecto original del arquitecto.
Parque de María Luisa Unos aristócratas, los duques de Montpensier, están detrás de la belleza de este parque. De hecho, tras la adquisición del palacio de San Telmo, englobado en el paraje, decidieron encargar en 1849 el diseño de los jardines a un paisajista francés llamado Lecolant. Dicho genio de la ornamentación exterior ideó un parque que seguía la moda inglesa y que no le quedó nada mal. Por cierto, su nombre se debe a la dama altruista que lo cedió a la villa, María Luisa de Borbón que en 1893 alumbró la feliz idea de regalar gran parte del jardín a los sevillanos. Sin embargo, el parque aún recibió nuevas reformas e incorporaciones con motivo de la Exposición Iberoamericana de 1929 que quiso pulir la belleza de los jardines con el talentudo Jean Claude Nicolas Forestier.
A este ingeniero lo avalaba el trabajo desempeñado en los esplendorosos parques y jardines parisienses, así que se puso a la tarea con la ejecución del romántico estanque de los lotos y con la fuente de los leones, entre otras aportaciones. Una vez relatado brevemente el periplo histórico de este parque, desde esta Guía aconsejamos recalar en la Glorieta de Gustavo Adolfo Bécquer, poeta sevillano a la que la urbe homenajea con unas dulces doncellas magulladas por el amor. No en vano, aluden al “amor ilusionado”, “el amor poseído” y “el amor perdido”, tal y como lo fraguó el poeta en su rima “El amor que pasa”.
El viajero no debe permanecer indiferente ante el porte del árbol central, un ciprés de los pantanos originario de la cuenca del río Misisipi (EE.UU.), alrededor del cual se yergue el conjunto de esculturas de las doncellas becquerianas, obra de Lorenzo Coullaut Valera.
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